Reconectando con el Universo

Sofía Rodríguez
             

             

                                      Un botiquín sin aspirinas.

 

    Cuando nos enfermamos, la primera pregunta que escuchamos de amigos y personas interesadas por nuestra salud es: ¿qué te estás tomando? Si la respuesta es “nada”, nos pueden mirar como si fuéramos la protagonista de una nueva versión de Cómo suicidarse sin morir en el intento.

   La ciencia médica ha desarrollado una cantidad muy importante de conocimientos, sin embargo, hemos perdido la capacidad de escuchar los mensajes que se emiten a través de la llamada enfermedad, ya sea una dolencia física o emocional. Tenemos al alcance una gran cantidad de compuestos químicos, pero olvidamos que en nosotros está la gran farmacia que ha inspirado la producción de medicamentos y hemos olvidado comunicarnos con ella.

   La búsqueda de una nueva manera de percibir el cuerpo, ha definido muchas situaciones de mi vida. Desde niña, las medicinas me hicieron más mal que bien, así que a partir de la adolescencia decidí que no tomaría más químicos.

     En un primer momento, la medicina naturista me llevó a encontrar soluciones básicas para muchos problemas de salud, una alternativa a la medicina científica. Si bien en ésta visión, nuestro cuerpo no se concibe como un automóvil sin conductor que está a merced de gérmenes, virus y quién sabe qué terribles alimañas; el enfoque seguía siendo un poco el mismo: el cuerpo es una máquina que se descompone de vez en cuando. Para recuperar la salud, hay que lavar, purgar, ajustar y engrasar. El aspecto emocional y espiritual, permanecían ajenos a los procesos de la enfermedad, nos habían enseñado que cuerpo y alma, estaban separados.

       Me acerqué a la ciencia, quería estudiar biología pero la carrera resultó ser una decepción. Se basaba en separar la información en pequeños compartimentos clasificatorios y no en el estudio de La vida, que era lo que yo buscaba. Para empeorar la situación, la universidad a la que asistía, tenía un enfoque técnico, gran parte de las materias, se avocaban a que tuviéramos una gran dosis de información farmacéutica. Ahí estaba, la esencia de la vida, comprimida en cajitas de medicamentos ¡Y yo que tenía un botiquín sin aspirinas! Dejé Biología y escogí Antropología Social, su acercamiento empático a las distintas realidades humanas me pareció más honesto, necesitaba una explicación a esa capacidad del ser humano de afectar su entorno, de esa inquebrantable voluntad de hacer la guerra a todo lo que pareciera vivo, incluyendo su misma especie.

       Mientras tanto, continuaba la exploración de la pintura y la poesía que siempre me han acompañado. Me encanta la sensación, en ambas, de que tiempo y espacio desaparecen. Poco a poco comprendí que mi interés en las artes procede de esa necesidad de entregarse a su ejercicio, como en trance; dejar a un lado las etiquetas personales, y en una mezcla de abandono y concentración, fundirse en otro estado de conciencia. Ahí todo parecía aquietarse.

    Al terminar la carrera, había encontrado muchos tipos de experiencia humana, y diversas aproximaciones para entenderlas: económicas, psicológicas, sociológicas, etnológicas, místicas, religiosas, una lista de etcéteras. Pero seguía recordando un momento súbito de iluminación que tuve a los 13 años, donde se me permitió descorrer los velos que nublan la verdad. Al menos con esas palabras me expliqué ese momento mágico del que conservé una nota, escrita a la carrera: Hay muchos velos que distorsionan la realidad, que nos impiden ver la verdad, debo descorrerlos. Conservé la sensación aunque no el contenido de lo revelado; pero a pesar de eso y el tiempo transcurrido, sé que en ése momento, estaba presente mi búsqueda.

     En la Isla del Carmen, al sureste de México, lugar donde nació mi madre, se utiliza la palabra buscar como sinónimo de encontrar. A veces cuando yo estaba desesperada por encontrar algo, ella sabiamente me decía “Lo buscas,  lo buscas, y no lo buscas”. Encuentro es lo mismo que búsqueda y si no lo encuentras, es que no lo has buscado; o no has estado preparado para buscar, lo cual, a veces puede significar, un poco más de tiempo.

   Proseguí en mi encuentro con las artes: música, danza y teatro; me desenvolvía más libremente sin estudios formales en ellas. Los talleres y los encuentros me estimulaban. Entonces me encontré preparada para dar cursos de arte por todo el país, a la par que trabajaba como antropóloga en una pequeña comunidad nahua.

     El siguiente paso fue entrar a un grupo de estudios que tenía una propuesta fabulosa: todos podemos acceder, en otros niveles de conciencia, al conocimiento de todo lo posible y lo imposible. Y la manera que teníamos de acceder a ésa increíble gran biblioteca de la vida, era a través de las vibraciones de ciertos nombres, que funcionaban como llaves en la cerradura, que nos conectaban con otras inteligencias, de las cuales también formamos parte. Podíamos preguntar lo que quisiéramos y todo se nos podía responder, aunque mucho dependía del desapego que mantuviéramos a las respuestas.

      Preguntar, y hacerse a un lado. Iniciábamos el proceso como parte de una cierta escritura automática, hasta alcanzar un estado donde podíamos, como parte del todo, saber, por ejemplo, de qué estábamos hechos, o si alcanzaríamos el autobús de las 5:30. No había pregunta importante o trivial. Aquí tuve la certeza de que yo no terminaba con mi cuerpo físico y logré avanzar en la confianza de lo que me era revelado.

       Entré en contacto con la medicina energética y dejé fluir mi intuición. Viajé durante largos periodos por Indonesia y Tailandia en el diseño, compra y venta de objetos de arte. Profundizaba en esta búsqueda de conocimiento, pero la información que recibía era que las energías de sanación, parecían estar encapsuladas en grandes dosis de, alternativamente, miedo y fe. En un momento dado supe, que debía continuar mi camino sola, y tuve la certeza de que recibiría una energía muy especial. Pasaron varios años, olvidé el mensaje, pero cuando ésta energía llegó, supe que para eso me había preparado toda la vida.

    Sabemos lo que tenemos que hacer, lo que queremos aprender, lo que debemos desarrollar o experimentar para florecer, pero lo olvidamos. Es entonces cuando hay ciertos llamados de atención, y si no respondemos al primero, viene un segundo y un tercero, hasta que recordamos quiénes somos. Atravesé lo que Caroline Myss llama “una noche oscura del alma”, y el último de esos llamados de atención, me llegó en la forma de un problema en la visión. El camino que me había propuesto recorrer sola, me había llevado, sin darme cuenta, a dar vueltas en círculos. Tenía que despertar. La noche oscura había durado varios años de dolor y autocompasión.

     Fue en ese proceso, donde encontré  La Reconexión™, tener contacto con esa energía me dio una profunda felicidad. Me hizo darme cuenta que el fantasma de la soledad, que tanto tiempo me había quitado energía, no existía. Y la muerte tampoco. Fue, literalmente como un regreso a casa. Me sentí renacida, y al momento, recordé: ésta era la energía que 15 años atrás, me había sido anunciada. Felizmente, estuve preparada para encontrarla y reconocerla.

  Hay un reacomodo, casi puedo escucharlo. Muchas cosas se mueven, desplazan a otras. Es una época de renacimiento y búsqueda, donde ésta energía se nos presenta como una gran esperanza en el desarrollo de lo que somos, en la apertura al conocimiento de las dimensiones que somos, en territorios que parecen inexplorados. Esta energía se percibe inmediatamente como algo diferente. El mismo nombre energía es un tanto inexacto. El proceso de  La Reconexión™, nos está despertando, nos está capacitando para nuevos encuentros y búsquedas. Puesto que logramos percibirla, ya es parte de nosotros. Estamos empezando a caminar en ella con la intuición abierta, porque no hay manuales de uso, no es algo que se pueda manejar o manipular, no es una técnica milenaria, algunas muy respetables, pero que en ocasiones nos indujeron a movernos dentro de rituales de miedo, limpieza, fuerzas oscuras y castigo.  La Reconexión™, va más allá de la técnica porque aparece, o es encontrada sólo en este tiempo, para ayudarnos a despertar.

     Por mi parte, hay una gran necesidad de compartir esta energía con los demás. La única manera de sanar, es sanar todos. Es eso lo que en este tiempo debo hacer.

Sofía Rodríguez Fernández, es Antropóloga Social, escritora y pintora. Practicante de Sanación Reconectiva®La Reconexión™. Antes de encontrar  La Reconexión™, se desarrolló por 15 años, en sanación energética y la búsqueda, por diversos medios, del conocimiento e información que emana de otros niveles de conciencia. Actualmente se dedica a ayudar a otros en su búsqueda de salud, luz e información.


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